El mes pasado se disparó, primero como un rumor y luego como grito de guerra, la crisis de reputación de una de las redes sociales más queridas del 2012: Instagram. Su nueva política de privacidad daba al traste con la percepción tan absolutamente maravillosa que muchos teníamos de esta cámara a lo hipster que hacía que nuestras fotos parecieran hasta buenas.
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Pocos desconocen ya que Instagram es una aplicación que permite añadir filtros y retoques a las fotografías realizadas a través del móvil. Su carácter social hace que capturar esa motita de polvo tuviera un sentido mucho mayor que el simple placer de hacerlo. Desde sus comienzos, primero solo para iOS y a principios del año pasado también para Android, ha ido implementando infinidad de mejoras: desde una interfaz mucho más bonita y amigable hasta la web de Instagram desde la que ver, comentar y enseñar las fotos que haces con tu móvil (al más puro estilo Facebook). Al principio, al no haber demasiada gente conocida, se convirtió para mí en una vía de investigación a través de los hashtag (que funcionan exactamente igual que en Twitter). En esos momentos fue cuando descubrí #iseefaces (vicio que se pega casi de manera instantánea) o viajé sin moverme del sitio descubriendo el #streetart de cientos de lugares del mundo.
Las consecuencias de esta alarma colectiva y mundial, para algunos desorbitada y para otros triunfo absoluto de las redes sociales por encima de los intereses de los peces gordos, se dejaron notar desde el mismo día del anuncio: desde cuentas suspendidas a ‘estampida de los usuarios‘ pasando por sensaciones como a la app mimada y deseada por todos le toca perder. Y, aunque se puede observar un claro descenso de la actividad diaria de los usuarios de Instagram, lo cierto es que pocos hemos eliminado totalmente nuestra cuenta. ¿Por qué? ¿Qué nos lo impide? La verdad es que yo, desde que dejé de utilizarla, podría haberla eliminado ya un par de veces. Todavía no lo he hecho porque aún no me he descargado mi colección instagramera (algo que solo me llevaría unos cuantos minutos con Instaport) pero creo que, inconscientemente, no soy capaz de abandonar completamente a toda esa comunidad que, con tanto cariño, me regalaba sus likes cada vez que subía una fotillo. Sea como fuere, parece que el equipo de Instagram (y, por supuesto, de Facebook) está haciendo todo lo posible para que sus usuarios no desaparezcan (como enviar junto al enlace sobre los cambios en su política de privacidad un pequeño texto en el que se puede leer: «And remember, these updates don’t change the fact that you own your photos that you post on Instagram, and our privacy controls work just as they did before.» -email del 15.01.13-). ¿Será suficiente? ¿Será suficiente esta crisis para que esta red social caiga en desuso? ¿Qué hace que los usuarios estén en un sitio u en otro?
Yonky declarada de Instagram, la utilicé cada día hasta que leí una noticia vía Elsa Bonafonte. Investigué, busqué y me decidí a probar otra parecida que planteaba Elsa. Creo que no querer que utilizaran mis imágenes no fue la razón última (como dicen por ahí ‘¿quién iba a querer utilizar mis imágenes?’). Puede que fuese la sensación de sentirme utilizada o porque ya andaba un poco cansada de los pequeños contras de basar tu ojo fotográfico en un encuadre cuadrado (en honor a la Kodak Instamatic y las cámaras Polaroid). Intuyo también que estas ganas mías de probar cosas nuevas me decidieron a romper mi idilio con la camarita a lo antaño. Así que entré en EyeEm y me hice una cuenta. Lo primero que me llamó la atención era que puedes subir cualquier tipo de formato: rectangulares, horizontales, cuadradas… y cambiar los filtros y los marcos simplemente pasando el dedo por encima de la foto. Después, que el tema de las etiquetas (aquí se llaman topics y están recomendados según el lugar donde hagas la foto) va más allá de añadir un simple hashtag: te conectas con todo el mundo que añade una imagen a ese topic (y, por lo tanto, descubres otros puntos de vista). Pero es que, además, existen también etiquetas de lugar (llamadas place) que se convierten en una forma de viajar porque, pinchando sobre ellas, puedes visualizar y seguir a gente de todo el mundo. Lo mejor es que, como están conectadas con Google Maps, descubres sitios como Groningen (Netherlands). Y, por último, algo muy genial: desde el blog de EyeEm, cada semana proponen un tema y, si les gusta mucho mucho tu foto (para participar solo tienes que añadir el topic propuesto), apareces en la entrada de esa semana. No todo es maravilloso: si pinchas sobre el botón de mejorar la imagen se cuelga, es algo más lenta y… no están todos tus amigos. Pero tu ego queda reconfortado al compartirlas en Tumblr, Twitter, Facebook… Una lástima que no se puedan compartir directamente también en G+ En uno de los últimos emails de EyeEm, adjunto a la imagen siguiente, el texto de la comunicación es una clara alusión a la crisis de Instagram debida a los cambios en su política de privacidad: «Hi friend, you might have followed some of the discussions about ownership and copyright in the past couple of weeks. We felt like it was time for a statement and a promise we want to make with you: your photos will always remain yours and nothing will EVER be done with them without your consent.»
Filóloga enamorada de la Gran Red desde que el ‘tuiii-ti-tituti’ del router llegó a tu casa. Recolectora incansable de las luces que pululan a través de los blogs, las redes sociales y la vida en general.
3 Comments
Pues principalmente por lo segundo que dices… porque es ahí donde está todo el mundo y, al fin y al cabo, para compartir es por lo que nos metemos en redes sociales.
Sin embargo… me voy a pensar muy mucho meterme en EyeEm… ¡la vendes genial! ^^
¡Jjajaja! Lo que ocurre es que me emociono a tope, Merytwers 😉
Es cierto que estamos ahí para compartir pero ¿qué hace que todo el mundo se mueva de una a otra? Ahora mismo se me ha venido a la mente la palabra ‘facilidad’…
¡Un saludo!
Gran post Paula! Tenéis razón en la importancia del número de usuarios activos para cualquier red social. Pero a mí me da la sensación de que Instagram hacía furor cuando era sólo exclusivo para Iphone.