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Una historia real de la economía colaborativa

La economía colaborativa es una de las tendencias más interesantes de este siglo. Modelos de negocio basados en que el usuario sea el productor han dado lugar a un sinfín de plataformas como Uber, Airbnb, Blablacar e incluso podríamos encuadrar a los medios sociales como Facebook o YouTube en esta tendencia ya que sus contenidos los creamos todos nosotros y ellos (sólo) ponen la web. Esta nueva economía provoca reacciones de todo tipo. Resumiendo mucho nos encontramos con posturas como éstas:

  • Los que piensan que es la evolución natural de las empresas en el mundo digital y algún día todas las empresas serán así.
  • Autónomos (taxistas) y empresas (hoteles, autobuses, etc.) que denuncian que, al no pagar sus usuarios ni impuestos ni licencias, se convierten en una competencia desleal.
  • Críticos que consideran que su negocio trae consencuencias negativas para el conjunto de la sociedad al fomentar una suerte de trabajo negro y precario y reducen los ingresos del estado al tratarse de actividades sin impuestos.
Ilustración: Isa - Diagonal.net

Ilustración: Isa – Diagonal.net

Podríamos hablar largo y tendido sobre las razones de cada una de estas partes y analizar más detalladamente estos discursos, pero en este post quiero comentar un caso muy concreto en el que los implicados han hablado con voz propia. Un caso que me parece ejemplar para ver los matices de este debate.

Os pongo en situación. Este verano me propuse volver a jugar al fútbol y encontré Timpik, una aplicación que permite inscribirte en partidos que ya están organizados y a los que asisten todo tipo de personas que no tienen por qué tener ningún vínculo entre ellas. Resumiendo, Timpik es algo así como el Blablacar de las pachangas.

Me apunté a un par de partidos y la experiencia fue muy positiva. Me sorprendió el nivel de organización que había. La persona que daba de alta el partido llevaba petos, agua, balones, una alarma para avisar del cambio de portero e incluso tenía cartelería y roll-ups. También cobraba 4,50 euros por cada jugador inscrito. Todo apuntaba a que ahí había una actividad económica que iba más allá de un grupo de personas auto-organizándose para echar una pachanga.

Curiosamente a las pocas semanas de meterme en esta aplicación se produce un conflicto entre Timpik y el organizador de los partidos a los que yo estaba asistiendo. Un problema que me parece un ejemplo estupendo de las contradicciones de la llamada economía colaborativa.

Podéis ver ambas comunicaciones en este post de Facebook:

Por un lado está la versión de Timpik. Un tal Camilo que comenta que:

Tal vez me conozcas e incluso hayamos jugado algún partido juntos. (…) Hace ya 5 años que creé Timpik con un objetivo muy simple: ayudarnos a jugar más y mejor fútbol.

Y explica que tiene que expulsar al organizador de estos partidos:

Debido a reiteradas infracciones de la política de uso de Timpik que afectaban a la calidad de los partidos organizados en Timpik nos vemos obligados a expulsar de la comunidad Timpik al organizador If7sports (Isra) con el que tu has jugado algún partido.”

La respuesta de Isra no se hace esperar y nos cuenta con emoción su trayectoria y su esfuerzo:

5 años trabajando día y noche de 9 a 24H a pie de campo lluvia, frío, granizos, tormentas, calor , en los dedos de mis manos no caben los días que no he ido al polideportivo, sin vacaciones por 4 años (…) doy el pelotazo y la gente se empieza apuntar masivamente en timpik y duplico mi cantidad de partidos a 160 partidos mensuales.

Sin embargo el organizador sigue en una situación precaria por lo que pide trabajo a Timpik para regular sus documentos en España. La plataforma no accede y la solución pasa por:

Mi mujer ya tenía documentos por trabajar de empleada de hogar y nos casamos para arreglar mi situación ilegal (…) Nacieron Organizadores que compitieron conmigo y se fueron a otros polideportivos llenándolos de usuarios con todo su esfuerzo intentando imitar mi ejemplo. Cuando logran su cometido Timpik vende los usuarios a los polideportivos porque ellos tienen los campos deshaciéndose de lo que tanto ha costado a los organizadores, cada usuario que le dieron a timpik lo perdieron. (…) Imponen el impuesto TIMPIK, el 12% por cada usuario que se apunta, esto incrementa el precio y por esto la subida de precio, y empiezan las facturas mensuales por más de 1200€ mensuales, mas todo lo q tenía que pagar 2 autónomos, impuestos etc… Para que ahora ellos ahora mismo cobren 2€ el partido“

 

 

Por un lado podemos decir que sin Timpik, Isra no podría haber generado esta forma de vida y sin gente como Isra, Timpik tampoco podría llegar a subir los precios para lograr una rentabilidad. Ambos se necesitan pero parece que la tarta no es tan grande como para repartírsela, o bien una de las partes quiere tener toda la tarta. Es un claro ejemplo de lo que sucede con plataformas gratuitas que, a medida que se convierten en líderes de su nicho, intentan ganar en rentabilidad subiendo precios y extrayendo todo el valor.

Viendo estos casos surgen muchas preguntas nuevas:

  • ¿Es posible la existencia de estas plataformas sin este trabajo precario?
  • ¿Cómo va a afectarnos la proliferación de empresas que con muy pocos trabajadores en plantilla que son capaces de liderar sectores estratégicos para cualquier Estado o ciudad?
  • ¿Qué repercusión tienen estos usos en los propios servicios públicos (los campos de fútbol municipales, en el caso de Timpik)?

Desde luego la economía colaborativa tiene muchas luces y muchas sombras. Para el propio Isra Timpik era una plataforma que le permitió emprender un negocio de pura subsistencia. Sin embargo, la necesidad de rentabilizar la plataforma lleva a Camilo a intentar saltarse a los organizadores con el objetivo de evitar intermediarios y prácticas abusivas. Por otra parte a los usuarios la aplicación nos permite jugar más fácilmente al fútbol y conocer gente.

Las soluciones no son fáciles, pero mi deseo es que este tipo de prácticas se sustituyan por modos de producción P2P en el que los usuarios, además de hacer el esfuerzo de conducir su coche o alquilar una habitación, se conviertan en “dueños” de la propia plataforma. Dicho de otra forma, la aparición de sistemas como Linux, WordPress o Torrent aplicados a este tipo de mercados, haría todo mucho más lógico y ético.

La historia de Isra y Timpik es ilustrativa a pequeña escala. Seguro que en este caso ninguna de las dos partes estén haciendo negocios tan lucrativos como los inversores de Uber (valorada en 50.000 millones de dólares), pero muestra esa serie de actividades que se van generando en una economía en crisis donde las grandes oportunidades de unos pocos, significan la mera supervivencia para otros muchos.

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1 Comment

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